Una de las curiosidades que presenta la economía es la incomprensión del empobrecimiento que produce el proteccionismo. Es comprensible que el público en general no lo capte, pero que funcionarios, presuntamente economistas, cometan este error es patético. Y caro.
Hace pocos días, el Presidente anunció restricciones a las importaciones procedentes de China y otros países asiáticos, y el ministro de Economía habló de "pactos desleales".
El gobierno chino reaccionó expresando su grave preocupación y anunciando que tomaría las medidas necesarias.
Inmediatamente, dispuso controles a la importación de nuestra soja.
Por un lado, este antagonismo comercial sólo puede terminar encareciendo, en general, nuestro intercambio con China. De persistir este fenómeno, China podría derivar sus compras de soja a Estados Unidos y a Brasil. Por otro lado, nuestra población deberá pagar más (con lo que nos empobreceríamos) por el mayor costo que provocarán las tasas aduaneras, la mayor burocracia y la desconfianza que la arbitrariedad crea en los chinos y en el resto del mundo.
Contrariamente a lo que muchos piensan, lo bueno de comerciar con China es que sus sueldos en dólares son muy inferiores a los nuestros, lo que nos permite comprar barato. Cuanto menores sean sus costos, mejor para nuestros consumidores. China es una fantástica compradora de lo que producimos mejor. Nos complementamos perfectamente. Cuidémosla.
Por supuesto que los productores argentinos estarán contentos con cualquier protección, puesto que cuanto más alta sea, mayor será el precio al que podrán vender. El pato lo pagan los consumidores.
La posibilidad de recibir mercadería barata elaborada con sueldos mínimos es lo que se ve. Lo que no se ve es que la disminución de importaciones reduce la compra de divisas y, por lo tanto, reduce su precio en pesos, lo que favorece la importación, que es, justamente, lo que los funcionarios querían evitar. A su vez, el dólar más barato disminuye los ingresos en pesos de nuestros exportadores. Dinero que en gran parte revitalizaría el interior del país, acrecentaría los ingresos del Estado y evitaría que el Banco Central malgastara sus reservas para sostener el dólar.
Otra falsa idea económica es que el proteccionismo genera más trabajo. Es verdad que genera más trabajo en las industrias protegidas, pero lo hace disminuyendo el trabajo de las otras y de las que podrían haber nacido como fruto de los mayores ingresos provenientes del mayor intercambio.
El resultado es que terminamos produciendo aquello que más trabajo nos cuesta y desalentando lo que China y el resto del mundo considera que les conviene comprarnos. En materia de carnes y cereales, el resultado es patético, si comparamos nuestro comercio exterior estancado con el tremendo crecimiento que han tenido los de Brasil, Uruguay y Chile, donde ha prevalecido la economía racional sobre el dirigismo.
En el país, prácticamente todos los precios están distorsionados respecto del resto del mundo, por lo que cuestan la energía y el transporte, por los altos impuestos, las retenciones, el dólar fijado oficialmente, los precios controlados, etcétera.
El resultado es que los consumidores están despistados respecto de lo que podrían comprar en el exterior y los productores terminan invirtiendo sus capitales para producir cosas que se podrían comprar más baratas si fueran importadas en lugar de hacerlo en aquellos rubros en los que las condiciones naturales del país nos hacen más competitivos. Para volvernos menos pobres no hay más remedio que subordinarnos a las leyes económicas.. Políticos y funcionarios manifiestan que luchan contra la pobreza, pero interviniendo los mercados irremediablemente la acrecientan.